Su conducta es interpretada desde la perspectiva de quién se autodenomina cuerdo y para ellos, sus comportamientos son irracionales desde la observación de su cotidiano actuar.
No es posible, para aquellos que se considéran gentes normales, aceptar las ráfagas incansables de sus elucubraciones y las permanentes retahílas intelectuales que apunta inmisericorde a los cerebros más comunes.
Vive en un mundo abstraído de este tiempo y transiende su temporada para huir de una realidad que no acepta, como manifestando su inconformismo de un presente absurdo.
Su realidad no es de esta época, y los que están anclados en el presentes no pueden comprenderlo, así como ayer no comprendieron a muchos locos de hoy que otrora vivieron. Por eso solo lo comprenden la ciencia, el amor y la ficción.
La capacidad cerebral desborda el pensamiento y las emociones, transciende las fronteras de la lógica y la razón, captura el universo inimaginable y soporta impávido los recuerdos de mil eras.
Cuando la mente usual y aún la ciencia, no encuentran explicativos a su proceder, optan por el camino más fácil, ponerle un nombre a su comportamiento y enmarcarlos dentro un adjetivo que sea comprensible para la inteligencia universal.
Para el su locura es racional y la cordura colectiva es demencia desde su panorama mental. No acepta argumentos por qué ya comprendió que su extravagancia intelectual es la razón presentada correctamente de diferentes maneras.
Lo miramos desde el entendimiento, como diferentes formas de enajenación y aceptamos su infame jurisdicción para rechazar su retórica tribuna como un mecanismo de defensa para no reconocer la dualidad dialéctica que nos obliga a entender que no es el, quien necesita cordura sino que todos nosotros necesitamos a veces un dosis de locura.
Nota final
No es un escrito psicológico y muchos menos médico, solo se trata de una inquietud psiquíatrica.