Por: Oscar Manco Espeleta
La vida me he regalado muchos títulos. El de hijo, hermano, amigo, esposo, padre, tío, socio, defensor, doctor, primo, funcionario, consejero, asesor, padrino, cliente, etc.
Pero sin lugar a dudas un título que me llena de orgullo es el de ser PROFESOR, es la actividad que hago con más amor y pasión, la de enseñar.
En cualquier escenario en el que he podido transmitir una cátedra, una enseñanza, una charla, una conferencia, un taller, un seminario o un simple mensaje, siempre me he sentido como el más privilegiado de los seres humanos, al poder estar encargado de aportar algo a cada persona que Dios ha puesto como discípulo para ser formado para la vida y ser parte en el proceso de formación de cada uno.
Gracias a todos mis alumnos por darme ese título y permitirme en algún momento ser parte de un instante de sus vidas.
Como esposo, padre, familiar o como miembro de una sociedad, disfruto sobremanera como nadie, el poder desempeñarme en estos roles tan especiales, pero más disfruto estos roles, cuando me corresponde ser maestro para mi esposa, para mis hijos, para mis hermanos o para mis amigos o conocidos.
Es mi mayor deseo, que cada una de esas personas, a las que tuve la posibilidad de instruir o capacitar en alguna temporada, sean mejores que yo.
Esa es mi mayor recompensa.
No quiero compararme con el más grande maestro de maestros que ha tenido la historia de la humanidad, Jesús, el hijo de María y José, por qué no soy digno siquiera de limpiarle las sandalias, pero seguir su ejemplo, es el modelo inspiracional que me motiva, todos los días, a ser como el carpintero de Nazaret.
Creo que la misión principal del ser humano es amar a los demás, como el propósito más alto. Por eso me siento honrado al poder ser instrumento de amor para cada uno de mis alumnos.
A todos ellos, muchas gracias.